Cómo vivir juntos y no morir en el intento

Reflexion

Llegar a casa y desear que no hubiera nadie, ya es una señal mala y avanzada que indica que las cosas no van bien.

Hace muchos años, 10 para ser exactos, que no compartía un piso y ya había llegado a la idea de que eso no volvería a suceder. Las cosas cambian y, hace 4 años, tuve que colgar mis "hábitos" y adaptarme a los hábitos de los demás.

Anticipo que, como muchos de ustedes sabrán, no es fácil. La convivencia es delicada e implica mostrar a sus socios partes de usted y momentos del día que no estamos acostumbrados, y a menudo dispuestos a compartir. Pero es inevitable y, en algún momento, tus compañeros de clase se vuelven parte de ti, de tu vida.

Por mi parte, se ha vuelto difícil combinar mi vida personal con extraños pero, con el tiempo, y con los socios con quienes he podido compartir más tiempo, he estado (de alguna manera) captar amor y términos confusos como los de amigos, colegas e inquilinos. Tres en uno: mezcla difícil.

De estos cuatro años tengo, sí, mil aventuras. He compartido un apartamento con chicas Erasmus que me han recordado mi tiempo de estudio en Alemania. He vivido con catalanes, vascos, alemanes y mallorquines. También he vivido con amigos. Algunos de ellos han dejado algo en esta casa. Mi casa

También ha habido días, semanas y meses malos. Debido a la confusión discutida anteriormente, sintiéndome más unido a mis compañeros de clase, he tendido a exigir más y esperar más de ellos. Y ya me habían dicho: "No esperes nada de nadie y nunca te decepcionará". Gran error mío por ignorar esta gran frase.

Y es que el verbo compartir, en mi caso, abarca pocos derechos pero muchas obligaciones. Es mi casa la que comparto, mi sofá, mi televisor, mis tazas, mis libros, toda mi vida está dentro de esta casa y los compañeros que vienen no se dan cuenta de lo que significa compartir eso. Obviamente, me pagan por poder usar mi propiedad, pero no me dan mucho más. Y eso es lo triste. No conocen el ganar-ganar o simplemente no les importa.

Tengo la suerte de que, siendo la casera, puedo elegir con quién vivir, pero, hasta ahora, necesitaba saber con quién quería vivir. Bueno, todavía no me queda claro con quién quiero vivir, pero con quién no puedo hacerlo. Y de ahora en adelante, quien comparta conmigo debería tener algunas capacidades más allá de hacer una transferencia. Debe enriquecer mi piso y, por lo tanto, mi vida.

Es difícil ver cómo alguien usa la manta de mi sofá, con un estampado de los Beatles, que mi madre hizo y me dio. Compartirlo no me molesta, pero me ofende que no entiendan el valor que tiene para mí. A veces he llegado a sentirme un extraño en mi propia casa y no lo permitiré nuevamente.

Comienza una nueva etapa y esta vez la emprendo solo. Me vuelvo independiente. Ahora me quedo solo conmigo mismo.

Imagen: ruurmo


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